Grapa doble.

19 abril 2010

Esto no es lluvia, es una cortina automática de agua. Traté de llegar a la parada del 468 de una sola vez, pero me ganó el aguacero y no me quedó otra opción que meterme a este bar “La Tortuguita” (Tristán Narvaja 1577, esquina Mercedes). Pedir algo para tomar y comer (ya que estaba ahí, bien podía llenar el vacío de mi estomago que pedía morfi a gritos). En línea recta frente a mí, a una distancia de unos cinco metros, hay unas cinco mesas y quince sillas; de las cuales tres, tienen gente sentada sobre ellas. Apoyado sobre una heladera exhibidora de gaseosas, hay un televisor de pantalla plana de unas 32” (últimamente le pongo atención a las pulgadas de este tipo de aparatos). Si el mes en curso no fuera Abril, sino Junio, es muy probable que me pusiera a mirar alguno de los partidos del mundial Sudáfrica 2010. Del techo cuelgan cinco ventiladores, el quinto, está ubicado justo sobre mi cabeza, y deseo con todas mis fuerzas que lo enciendan; aunque hace un frío invernal. ¿Por qué? Porque cuando estaba por dedicarle otro sorbo al capuchino y una segunda cucharada a ese Lemon Pie (con el punto justo de acidez, y cremosidad del merengue) algo se interpuso entre el placer de la ingesta y yo… Y cuando digo “algo” es porque aún no encuentro la palabra apropiada, precisa, para definir lo que humildemente llamaré tufo, baranda, hedor, peste, (o como suele decir mi hermano) losa, que provocó el ardor en mis fosas nasales cual herida abierta empapada de alcohol etílico. Resulta ser, que un hombre se aposentó al sitio que se encuentra frente a mí, a una distancia muy corta de la mesa a la que me encuentro arrimada. El Homo etílicus en cuestión, se sienta en la silla pidiendo con vehemencia una “grapa doble” la cual no creo que contribuya a reparar su sentido del olfato, haciéndolo optar por el pedido de un poco de jabón (blanco nomas del que se usa para lavar la ropa a mano) algunos litros de agua (la cual si arrancaba hacia la vereda, iba a conseguir de sobra) y así erradicar por el momento, esta fragancia tan agria, rancia, hueveril , culósica, sobaquera, escrotoidea, que emana su figura sin ninguna restricción, en todas direcciones y sin cesar dado que la brisa lloviznosa que entra por la puerta del lugar hace de rociador natural de su aroma corporal. Cuántas veces habré leído o escuchado a gente (ya instalada) en un estado utópico-melancólico, mencionar que varios escritores a lo largo de los siglos han sabido desplegar sus habilidades lingüísticas en lugares parecidos. Se cree que muchos de ellos eran clientes regulares de estos sitios, que les sirvieron de “inspiración” para la creación de sus más grandes obras. No puedo dejar de pensar en eso de la “inspiración” porque en este momento, no la quiero, no la necesito ¡no la soporto más! Lo único que quisiera, es exhalar indefinidamente para evitar que mi sistema respiratorio siga siendo invadido por esta mezcolanza de ajo, papa podrida, grapa (doble) y dos o tres meses consecutivos de un calzón esclavo, que a estas alturas, no debe “caminar solo” de seguro “corre maratones”. Podría llegar a deducir, que cada vez que el cincuentón intenta bajarlo, resulta un ejercicio de fuerza querer de despegarlo de entre lo que visualizo como una maraña de pelo enrulado, una piel de color grisácea, cubierta por unas veinte capas de caca debidamente fermentada. Sin dudas, debe resultarle un dolor de huevos querer bajarse los lienzos y debe depilarse involuntariamente del tirón, cada una de esas veces.

Allende, Benedetti, Borges, Conti, Cortázar, Eco, Galeano, García Marquez, Maslíah, Martí, Neruda, Onetti, Quiroga, Sábato, Vargas Llosa, Walsh. Todos estos y los demás que no cito ¿habrán tenido oportunidad de presenciar una miasma como ésta? ¿E igualmente seguir concentrados en sus textos? Si así fue; desde hoy los admiro un poco más y me pregunto si Patrick Süskind, habrá tenido su idea para escribir “El perfume” después de pasar por alguno de estos bares latinoamericanos. ¿Quién sabe? Yo no.

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